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1 may 2013

María

Publicado por Dani Rivera

Nunca me han gustado los helados. Jamás. Esa sensación en los dientes... Es algo que me gustaría que quedase claro.

Seguramente de haber tenido allí un helado, se habría derretido antes de que hubiese podido terminarlo. La chimenea crepitaba como pocas veces antes había visto y yo, sentado en la alfombra de terciopelo rojo, a su orilla, abría la caja que nunca me hubiese gustado abrir.

Cincuenta días sin ella. Se decía pronto, pero se me habían hecho eternos. Cincuenta besos de 'Buenas noches' que jamás iba a recuperar. Cincuenta 'Buenos días' perdidos que me hacían recordar los que tuve. María nunca fue una más, siempre quise que fuera la última. Antes de conocerle había dejado de creer en el amor... Y entonces llegó ella y me recordó que quizá el amor se siente tan pocas veces que tendemos a olvidar esa sensación, a veces angustiosa, ese latido profundo en el pecho al pensar en ella, ese suspiro de 'Ojalá estuviera aquí', esa mirada caída que trataba de recordar cada centímetro de su piel aunque estuvieras danzando al molesto vaivén de un viejo cercanías.

Al desdoblar una de las solapas de la caja de cartón, el polvo, a la vez que el vetusto recuerdo, hizo acto de presencia. Aquel momento era tan radicalmente diferente al que un día soñé, que se me pasó por la cabeza parar justo ahí y devolver el polvoriento arca al lugar del que quizá no debería haber sido rescatado. Siempre pensé que en ese momento ella estaría a mi lado, a la vera de la chimenea, tumbados en la confortable alfombra y luciendo una de mis antiguas camisetas que la hacían tan sumamente irresistible. Nos reiríamos mientras yo sacaba, uno a uno, los particulares trofeos que había ido recolectando desde el día en que le conocí. Pero ahora estaba solo y, de hecho, ella no volvería a estar allí en una fría noche de invierno.

Esa sensación de que me faltaba algo se fue acrecentando a medida que revolvía los objetos de la caja. De pronto encontré la entrada de la película que significó nuestra primera cita. No fue una cita al uso, dicho sea de paso, porque jamás quedé con ella en ese angosto cine del centro de Madrid. Yo acababa de mudarme allí y con apenas tres días de estancia en la capital decidí irme a dar una vuelta. Perderse al principio es la mejor forma de encontrarse después, es algo que siempre tuve muy claro. Mientras trataba de perderme, me di de bruces con la entrada de un cine que parecía recién teletrasportado de la década de los ochenta. Tenía algo de encanto. También humedades que la desidia de los propietarios había permitido expandirse por la fachada. Siempre me han gustado los edificios así, lóbregos, como si tuvieran que ocultar algún pasaje tenebroso de su pasado menos reciente.

El caso es que aún desconozco el porqué terminé comprando una entrada para la última película romántica de Hugh Grant. Tal vez me sentía demasiado solo, puede ser que añorase tanto una relación de pareja que me contentase con ver que a otros les iba bien. Aunque en realidad todo fuera ficción.

No compré palomitas. Tampoco lo hice nunca y no era plan de aumentar aún más la vergüenza que sentía al entrar en un filme romántico. Apenas éramos cuatro cuando el acomodador cerró la puerta de acceso a la sala. Una pareja, ávida de amor que no tenían reparos en mostrar al mundo lo felices que eran. Pocas cosas hay que más deteste. Y una chica en mi misma fila. Una chica sola. Y con palomitas.

A mitad de la película, cuando en uno de esos giros predecibles la novia deja al novio, la chica de al lado se echó a llorar. Nunca he podido disfrutar en medio del dolor ajeno, así que me fui acercando, lentamente, hasta su butaca. Susurré a su oído un “¿Estás bien?” tan estúpido que me dieron ganas de darme cabezazos contra el respaldo, ¿cómo iba a estar bien?. No sé qué tipo de poder tendrán los susurros, pero sientes unas cosquillitas que te calman por dentro. Es prácticamente un remedio mágico. Y ese remedio, a mi enferma, le sentó genial.

Giró la cara, me miró y sonrió. Rimmel corrido. Enseguida supe diagnosticar su enfermedad. Mal de amores, sin lugar a dudas, me dije. “Me llamo Dani” seguí susurrando, intentaba que me cogiese confianza y además usé el diminutivo de mi nombre, una forma más coloquial, más de amigos. Lo bordé. “Yo María”, respondió. Ella enseguida se sintió cómoda a mi lado. Y creo que ya no me acuerdo de la otra mitad de la película. Por algo sería. Pasamos hablando todo el rato, tratando de no molestar a la parejita feliz, que por otra parte, no parecía demasiado concentrada en tratar de comprender la enrevesada historia de amor del pobre Hugh Grant.

A María le había dejado el último chico del que se enamoró. Un gilipollas integral, por supuesto. Las chicas tienen la facultad de escoger siempre al tonto de turno mientras que tipos como yo, dispuestos a hacerlas feliz, teníamos que sufrir en soledad que la señorita de la que siempre estuvimos enamorados entregue su corazón para que se lo terminen rompiendo. Y chicos como yo, claro, teníamos que tener a mano las veinticuatro horas del día el superglue. Restaurador de corazones rotos, debería añadir en mi currículum.

Dejé la entrada en la alfombra roja. Volví a revolver, valga la redundancia, la caja ya de por sí desordenada. Un diario que no me atreví a abrir para evitar males mayores, el número de teléfono de un amor adolescente y una tarrina de helado. Por amor se hace cualquier cosa.

Nunca me ha gustado el helado. Creo que ya quedó claro. Aún así, en mi segunda cita con María, la primera oficial, asentí como un tonto a la pregunta “¿Te apetece un helado?”. Por amor se hace cualquier cosa, reitero.

Y allí, en una heladería de imitación italiana, con banderitas 'tricolore' por todo el establecimiento, nos sentamos. Leche merengada con canela... Imaginé por un momento lo que debía pensar María de mí. En nuestra primera cita me encontró solo en una película excesivamente ñoña y en la segunda me pido una tarrina de leche merengada. Y añadí a la simpática dependienta, “écheme un poco más de canela, por favor”. Sonaba algo ridículo. Y digo algo para no herir mis propios sentimientos.

Sea como fuere, allí estábamos. Con el suave sonido procedente de la granizadora, con una dulce música italiana resonando por un establecimiento vacío. Por un momento pensé que de verdad estaba en Italia, al siguiente instante me esforcé para que el frío de mi leche merengada no se traspasase a mis dientes. Odiaba esa sensación. Nos quedamos en silencio por miedo a estropear aquello. Y entonces lo rompí.

  • “Te hielo” le dije con una sonrisa en la boca “Te hielo mucho”, repetí.

La carcajada que soltó hizo que mi 'Te quiero' pasase a ser un 'Te amo', un 'Déjame hacerte feliz, por favor'. Desde pequeño fui muy precoz para manifestar mi sentimientos. Iba demasiado rápido, a veces únicamente hablaba la necesidad de tener a alguien, y en ocasiones terminé por chocarme contra algún que otro muro. Esta vez no quería estropearlo, así que me callé.

Coloqué la tarrina con sumo cuidado a la orilla de la entrada de cine que nunca me arrepentí de comprar. Regresé a la caja. Una llave resplandecía más que cualquier otro objeto y atrajo mi atención aunque yo traté desde el principio en ignorarle. Aquella llave abría la puerta de los momentos que nunca querría haber vuelto a recordar. En realidad, simplemente era la llave de su casa, su regalo de nuestro primer aniversario.

Ojalá nunca hubiera pasado por mi mente hacerla aquella sorpresa. Siempre me afané en mantener intacta la llama, en sorprenderle cada día, en tenerla feliz cometiendo locuras que a un ex cuerdo como yo nunca se le habían pasado por la cabeza. Aquel día, el peor día de mi vida, decidí prepararle una cena romática de viernes noche, a la luz de las velas y al sonido de una suave melodía de Extremoduro, nuestro grupo común favorito.

Aquel día, el peor de mi vida, ella regresó de trabajar. En cuanto escuché un par de golpes en el pasillo, me parapeté en el sofá. Los golpes se sucedieron hasta que por fin logró abrir la puerta. Aquel día, el peor de mi vida, 'Stand by' no fue la banda sonora de la noche, aquel día, sin lugar a dudas el peor en mis veintiocho años, la banda sonora fueron los gemidos provocados por otro que no era yo. Ella, por desgracia, sí era ella.

Me derrumbé. Toda mi ira se fue con la corbata que desanudé y le lancé a la cara. Esta vez no era el rimmel, esta vez era el pintalabios el que estaba corrido. Restauré un corazón roto para que me le rompiesen a mí, cruel ironía de la vida. “Nunca me quiso, nunca me quiso” me repetí a mí mismo, una y otra vez, una y otra vez, mientras descendía las escaleras a toda prisa.

Cuando dejé la llave al lado de la tarrina y la entrada, sonreí. Cincuenta días después comprendí que la herida comenzaba a suturar. Reí. Una carcajada de alivio. De entender por fin la clave. “El amor que nunca terminó de ser” pensé “es el que siempre será”. Ese “será” en futuro, en un futuro en el que olvidaré la llave y recordaré con nostalgia la historia de la tarrina y de la entrada de cine. Y eso que yo siempre odié los helados.

Dani Rivera

7 mar 2013

El amor de mi vida

Publicado por Dani Rivera


De pequeño siempre quise ser mayor para encontrar al amor de mi vida. Llegó un punto en el que me cansé de bodas en el recreo, de inocentes besos furtivos en la oscuridad de un callejón sin salida y de anillos de compromiso a base de ramas torcidas que te comprometían hasta el recreo siguiente. Así que me cansé. Me cansé de casarme.

Desde entonces esperé. Nadie me ha enseñado nunca a esperar, así que esperé como quien espera el bus de la línea once, sentado en una marquesina imaginaria a que ella pasase por delante y a mí se me encendiese la bombilla y dijese “Es esa” y que para esa 'esa' yo también fuese su 'ese'. Mal. Fatal. Corres el riesgo de tirarte toda la vida esperando un autobús que nunca salió de su origen, de hecho, corres el riesgo de coger el primer autobús que pase aunque no te lleve a tu destino.

Pero esperando aprendí a esperar. En realidad, toda la vida es una espera, tú decides si amena o aburrida. Así que comencé a pensar en cómo sería ella, al menos así tendría más pistas de la susodicha. Me hice mayor buscando y cuando menos buscaba la encontré.

¿Qué curioso, verdad? Llevas toda tu vida esperando y cuando aparece no caes en la cuenta de que es ella. A mí me pasó justamente lo contrario, desde el momento en que me saludó supe que ella sería 'esa'. Por desgracia, la señorita 'esa' tenía novio.

Pasé los años siguientes siendo el maniquí desesperado que se afana en llamar la atención aun cuando ella no tenía ojos para el escaparate. Nada.

De pequeño siempre quise ser mayor para encontrar al amor de mi vida. Pero el amor de mi vida tenía al amor de su vida.

Nunca se dio cuenta. Jamás comprendió que yo me moría por ser su café del viernes por la tarde, su '¿qué tal te ha ido hoy?' cuando llegase del trabajo o su 'tranquila, todo va a salir bien' cuando ella necesitase justamente esa frase para que todo saliera bien. Siempre quise ser su segunda pajita en un batido de vainilla, aunque odiase la vainilla, ese cruce de miradas en silencio que grita tantas cosas o su perchero para bolsas cada vez que saliese de compras. Aunque yo detestase salir de compras. Quería que aquellos ojos me mirasen como imagino que los míos la mirarían, que su sonrisa fuese perpetua porque ya me encargaría yo de que jamás se apagase, me encantaría que en ese roce de nuestras manos supiésemos ambos que aquella disputa acabaría entre las sábanas. Todo en condicional, la forma verbal más triste que existe.

Quizá fue ella la ciega. Quizá fui yo el mudo. De pequeño siempre quise ser mayor para encontrar al amor de mi vida. De mayor nunca me atreví a decirla 'Te quiero' por temor a que yo no fuese el suyo.

Texto: Daniel Rivera (@Dani_RiveraRuiz)
Imagen: Anais (@Destroyer8)

24 oct 2012

Lluvia de Abril

Publicado por Dani Rivera


Llovía, mejor dicho diluviaba. La noche del fin del mundo parecía un día más cerca y en aquel caótico y desordenado ático de la vetusta Oviedo se podía escuchar cada pocos minutos el rasgar del viento, ese susurro apagado, señal inequívoca de un día inapacible. El trueno y el pitido del timbre de la puerta de abajo parecían haber quedado de antemano para coincidir en el tiempo. Era Abril. La chica, no el mes. Aunque en verdad Oviedo vivía en un cuasieterno abril.

Cuando abrí la puerta pensé que nadie en sus cabales podría dejar de enamorarse de ella. Era un imán, un imán al que yo llevaba enganchado seis años, tres meses y veinte días. Sus veintiún primaveras eran droga dura, sin lugar a dudas. Llegó empadada y a la vez sudorosa, calada por la implacable lluvia que la había pillado por sorpresa mientras se dirigía a no se qué sitio, y sudorosa por culpa de que su juvenil hiperactividad había hecho que subiese por las escaleras los cinco pisos del bloque. Estaba loca. Esa locura con un punto de cordura que me parecía tan tremendamente irresistible. Y a pesar de todo, sin embargo, lucía una sonrisa entre los mechones de pelo mojado que trató de apartarse de la cara.

- “¿Quieres pasar o has venido a empaparme el felpudo?” La dije mirándola de arriba a abajo mientras reía. Parecía que acabase de salir de la ducha

- “Si me das tres minutos te hago una playa a la puerta de casa” me respondió, prolongando aún más su sonrisa.

- “Más te vale que pases ya. Odio la arena de la playa...”

El peculiar sonido de su andar con los playeros empapados se asimilaba al de unas chancletas. En mi mente, el eco de las voces de mi madre advirtiéndome que las gotas de agua harían mella en el parquet, asi que me apresuré a tenderla una toalla para que tratara de secarse lo más rápido posible. Al fondo del pasillo de la entrada casi se podía escuchar el salvaje repiqueteo de la lluvia sobre el cristal. Se avecinaba una tarde lóbrega en Oviedo.

- “¿Te apetece algo de beber?” señalé amablemente cuando se sentó en el sofá, con el pelo ya más seco y con la toalla beige en los hombros.

- “Si no te importa darme un vaso de agua, Víctor”

- “¡Esa no es mi Abril! Yo ya tenía preparada una botella de whisky que llevaba tu nombre” Exclamé mientras ella encendía una sonrisa que se apagó a los pocos segundos.

- “Estoy cambiando, Víc, a todos nos llega un punto en el que, o bien nos vemos obligados a ello, o simplemente cambiamos porque creemos que ha llegado el momento de centrarnos” Era raro escuchar a Abril hablar en un tono tan serio, tan solemne, cuando ella siempre había sido todo lo contrario.

- “¿Y ese punto, tiene nombre?”

- “Llámalo X, el caso es que ha llegado la hora de ser un poco más seria” respondió, mientras daba el primer sorbo al vaso de agua que le acababa de alcanzar y cuando bebió lanzó una carcajada al aire. “Eso no quiere decir que no siga siendo la loca de Abril ¿eh?”

Había perdido la cuenta de las veces en las que mis amigos se habían desesperado por mi culpa, riéndose de las oportunidades que iba perdiendo con Abril, cada vez que cortaba con su último novio o cuando volvía a quedarse sola en su cama una fría mañana de domingo. Ellos pensaban que nunca me había atrevido y que nunca me atrevería a decirla nada, que simplemente era un cobarde más que le dijo al silencio lo que le tenía que haber dicho a ella.

Pero no. Nada de eso. Llevaba más de seis años aguardando el momento preciso, el momento en el cual dejase de buscar compañía en un rincón oscuro de una discoteca del centro para buscar el abrigo de una manta a cuadros escoceses. Nunca quise ser el primero en darla calor tras una ruptura, porque sabía lo que pasaría, simplemente quería ser el primero en ser el último.

Y para eso llevaba años preparándome, para ese instante en el que abriese los ojos y se diese cuenta de lo que en verdad necesitaba. Siempre había sido muy paciente, la verdad es que incluso me gustaba esperar, pensaba que así todo sabía mucho mejor, como el niño que aguarda en la puerta del salón a que sus padres le den permiso para entrar en la mañana de Reyes. Y yo ya tenía la mano en el pomo. No recordaba las veces en las que había pensado en ello, en cómo hacerlo para hacerlo bien y ahora estaba en blanco. Necesitaba que fuese como una peli romántica de un sábado por la tarde, de esas que acaban bien y todos tan contentos.

Regresé a la conversación cuando se puso a hablar de 'X', el chico que la había empujado a cambiar. El último ligue tonto de un viernes noche. Que si cuando el sol se coló por las rendijas de la persiana de su habitación, se había dado realmente cuenta de todo, de que su vida estaba más vacía que la de cualquier persona infeliz y que ella lo era, pese a que lo había intentado camuflar sin éxito con sábanas, almohadas y vasos repletos de alcohol y cubitos de hielo. Que en realidad odiaba el ibuprofeno de los domingos por la mañana y las miradas de los chicos cada vez que pasaba por su lado, que le encantaba quitarse los tacones con el amanecer dominical y tirarse en la cama mientras juraba que no se volvería a repetir. Y hablando de 'X', su pasado, terminamos hablando de futuro.

- “¿No te ves casándote en nueve años?” la pregunté, aunque conociese de antemano la respuesta.

- “¿Con treinta? ¿Estás loco? A mí déjame tiempo y no me agobies” Me sacó la lengua. Una mueca inocente que me llevó a pensar en la Abril de hacía seis años, cuando todavía lucía el uniforme del colegio. Era curioso comprobar que había cambiado tanto y a la vez tan poco.

- “En serio, todas las mujeres, al menos una vez en su vida, han pensado en la boda de sus sueños ¿Me estás queriendo decir que tú no?”

- “Parece mentira que todavía no sepas que yo no soy como todas las mujeres...” Y se quedó en silencio, como si alguien hubiese bajado el volumen con un mando a distancia imaginario.

- “Lo creas o no, lo sé..” Y de repente, como si todo el mundo se hubiese puesto de acuerdo, la lluvia dejó de caer, de repiquetear contra la ventana y nosotros permanecimos en silencio. Otra cosa que siempre me han encantado, los silencios. Hay gente que no sabe manejarlos, yo sí. Pero aquel día no quería que durase mucho, asi que decidí volver a tomar la palabra mientras ella rendía su mirada a las preciosas vistas que ofrecía el apartamento.

- “En los nombres de nuestros hijos sí que habrás pensado ¿no?” En cuanto lo dije mi voz interior entonó un “¡Mierda!” tan alto que pensé que Abril también lo había escuchado.

Apartó la vista del ventanal y me miró. Rió, esa risa nerviosa de los momentos clave. Que ella estuviera nerviosa a mí me tranquilizó. Pocas veces dudaba ante nada y cuando lo hacía es que se trataba de algo muy importante.

- “Ya te avanzo que no admito negociaciones” Nos miramos directamente a los ojos, como si fuese una competición, el que retirase la mirada perdía. “Si es chica, Lucía, si es chico... Diego.

- “Nunca me ha gustado Diego...”

- “Te he dicho que no admito negociaciones, si lo quieres bien, y si no lo...”

No la dejé acabar. Ella tampoco quería terminar esa frase. Me abalancé sobre ella. Ella se abalanzó sobre mí. Siempre me ha gustado Abril, el mes y la que entonces era mi amiga. Seis años, se dice pronto. Había tardado mucho en llegar, pero por fin la tenía a mi lado.

Lo que Abril dijo aquella tarde que comenzaba a vestirse de noche terminó por ser una gran mentira. Seis años después, limpiándose los sudores en un quirófano de Oviedo, respondió a la matrona: “Víctor, se llamará Víctor.”

Fotografía: Mery (@Merybrightside)

15 sept 2012

Princesa destronada

Publicado por Dani Rivera


Tenía el corazón en venta porque nadie quiso comprarlo. De vez en cuando lo alquilaba para una noche a tipos cuyos nombres no recordaba a la mañana siguiente. Tenía un par de tacones marginados en un rincón aguardando a que regresasen las ganas de fiesta y un pintalabios rojo que esperaba marcar de nuevo las mejillas del último chico que arrugará sus sábanas. Tenía un móvil mudo que nunca sonaba y un par de entradas para una película romántica a la que nadie jamás la acompañó. Tenía pañuelos de papel para secar el desencanto que a menudo usaba para borrar las lágrimas de su recuerdo. El recuerdo de alguien que un día salió, cerró la puerta y nunca más la volvió a abrir.

Hacía tiempo, ya un par de años, de la última vez que vio a Edu. Desde entonces no tecleaba en su viejo Nokia un 8330778844433777666 para sellar un mensaje de texto. Y tampoco nadie se lo mandaba a ella. Desde entonces Sole estaba sola. Sola como la esposa que espera paciente a que regrese a su lado la voz que un disparó acalló en Irak. La soledad de un paraguas sin su lluvia, de una playa sin olas, de un camino sin caminantes o de una mañana de domingo sin un 'Buenos días, princesa'.

Y el calendario nunca ayudaba. El reloj tampoco. El tiempo pasaba, las horas corrían y los días se esfumaban y todo seguía igual. Seguía siendo la princesa destronada de una cama que una vez fue suya, la desheredada de unos 'Te quieros' que antes la hacían la persona más feliz del mundo y la cenicienta que aguarda expectante a que su príncipe la devuelva el zapato de cristal.

Sábado noche en Barcelona. Con la luna de farola desfilaba sobre la acera encharcada por una breve lluvia de otoño. La minifalda apenas tapaba sus ganas de que terminase la noche. Sus amigas, como siempre, tenían la culpa de que los hombres volvieran a girarse cuando pasaba. No la apetecía visitar discotecas, hablar a gritos, estaba cansada de 'Perdón, ¿estás sola?', de inventar números falsos porque aquel chico de la camisa azul no la terminaba de convencer y de beber para que el tiempo se pasase más rápido y de fingir que lo pasaba bien. Nunca había sido de noches locas que no tuviesen lugar debajo de unas sábanas, ella era de noches en el sofá, al abrigo de unos brazos que la supiesen arropar, de tardes de invierno jugueteando en la alfombra, frente a la chimenea, y de paseos en primavera en los que el paisaje dejaba de cobrar protagonismo para que lo hiciesen los besos fugaces aquellos que tanto la gustaban.

Pero ahora estaba atrapada entre unos incómodos tacones, un llamativo pintalabios rojos y un sujetador que empezaba a resultar muy molesto. 'Odio fingir ser una persona que no soy' pensó mientras contemplaba como sus amigas comenzaban a acercarse a un grupo de chicos. 'Ya van por la tercera copa' Sole volvió a entablar una conversación silenciosa con su mente mientras se apoyaba en la barra de aquel bar. Aquella tercera copa marcaba el límite entre la vergüenza y el atrevimiento, el límite tras el que se decidían a lanzarse después de elegir minuciosamente la víctima.

- “Si acierto lo que estás pensando ¿me dejas invitarte a una copa?”
- “¿Perdón?” dijo, sorprendida, mientras se giraba para comprobar el destino de la voz.
- “Me llamo Pablo, encantado” respondió, tendiéndola la mano. “Bueno, ¿me permites que te invite a una copa si adivino lo que estás pensando?”


Sole sonrió nerviosa. Hacía tiempo, mucho tiempo que no se encontraba en una situación similar. Hizo memoria. Desde el día que conoció a Edu, quizá.

- “Tomaré esa preciosa sonrisa por un sí” continuó él, haciendo caso omiso al silencio “Creo que te estás preguntando qué haces aquí, si esto no te pega, estás cansada de ver como tus amigas te cambian por el primer chico que las invita a una copa ¿me equivoco?”
- “Pues un cosmopolitan, por favor” añadió mientras comenzaba a reírse “¿Tan previsible soy?”


La conversación derivó por los cauces más extraños. Él la propuso dar una vuelta entre el centro de su ciudad, ella aceptó la invitación. Los ecos de sus risas era lo único que rompía el silencio de las tres de la madrugada. Pablo echó un vistazo al reloj, sabedor de que su tiempo allí se agotaba y frenó en seco. No quería que pasase ni un segundo más.

- “¿Sabes? Llevo años pensando que quizá mi alma gemela no exista, que el amor a primera vista era la mayor mentira jamás contada, que ella estaría ya casada con un multimillonario que no la haría feliz más que con su dinero, pero he de reconocer que me he equivocado” Se miraron. Esa sensación indescriptible volvió a asomarse por su cuerpo dos años después de que Edu se fuese. Le había estado esperando aun cuando no sabía ni su nombre.
- “Empeñaría mi vida sólo por pasar un minuto a tu lado” La susurró al oído.


Y entonces Sole supo que todo volvería a salir bien. Regresaban, de nuevo, sus añorados 'Buenos días', los sms de amor y las conversaciones interminables, se mudaba por fin de la calle del olvido. Y entonces, en la noche en la que menos esperó su llegada, la princesa recuperó su trono.

Fotografía: Ewinor (@Ewinor)

8 ago 2012

Cenicienta de Gijón

Publicado por Dani Rivera

Tremendamente arrebatadora. Apasionada y apasionante. Princesa amenazante de caballeros andantes. A diferencia de muchas, ama la sinceridad y detesta la mentira. Vital y soñadora, que diría.


Extraordinariamente extraña. Ella es amiga aunque sea de un equipo rival. Y no cualquier amiga, la amiga que todo amigo desea y la que cualquier persona anhela encontrar.

Qué más da lo que la gente diga si solo con lo que diga ella basta. Emocionalmente desordenada, nunca la ordenes nada, que se lo pierdes. Tan inestable como un castillo de naipes pero tan fuerte como los de las películas de vaqueros.

Ubicua, omnipresente, quizá más que el mismísimo Dios. Tiene el don y la virtud de estirar el tiempo y a la vez, cuando estás con ella, de que la aguja del reloj tenga que parar cada cinco minutos para coger aire.

Imprescindible, casi tanto o más como el mar en su Gijón. Imaginar un Valladolid sin ella o un mes sin verla es meramente desalentador. Imprescindible porque, por mucho que ella se empeñe en desaparecer, siempre hay gente que la necesita.

Eterna. Mucho más que Roma, cittá eterna. Millones de veces más. Eso sí, italianos no, que no les soporta, italiano sí, qué tendrá ese idioma que le hace tan irresistible. Eternamente enamorada de las películas de amor, eternamente desencantada de la vida real. Eternamente ella.

Romeo y Julieta quizá no existieron pero un amor así no tardará en llegar. Y la llegará. Quizá hoy, quizá mañana, o quizá hace dos años cuando conoció a aquel chaval. Quizá sea aquel, quizá éste o quizá sea el de más allá. Ojalá sea el segundo . Está tranquila porque ella de momento no le espera, pero llegado el momento le esperará.

Ojalá nunca llegue el día en el que, al doblar la esquina, la pierda para siempre de vista. Ojalá siempre esté ahí, al otro lado. Donde lleva años estando y de donde espero que, ojalá, no se vuelva a marchar.


Dani Rivera

18 jul 2012

Siete y cinco

Publicado por Dani Rivera


Miró de nuevo al reloj. Las siete y tres. Ya llegaba tarde, como siempre, pero a Diego no le importaba. Había soñado con aquel día desde que Natalia se había marchado de vacaciones, allá por junio, a su Santander natal. Tres meses sin verla que se habían antojado larguísimos, un profundo océano que separaba su última cita a finales de mayo y el día de hoy, tres de septiembre.

Imaginaba que ella no le habría echado de menos y desde luego no tanto como él la había extrañado. Eran ya más de cuatro años de amistad y todavía seguía incapaz de domar a su inquieto corazón cada vez que la veía. No podía reprimirlo y ya estaba cansado, cansado de ver que ella le sonreía como sonreía a cualquiera, que las miradas cómplices tan sólo contaban historias de amigos, que cada vez que le tocaba tenía que ahogar un lamento... Cuatro años ya...

Nada es más difícil en la vida que callarse un 'Te quiero' aun cuando deseas gritarlo. No había nada que temiese más que ver sellar sus labios con los de otro. Y que ese otro no fuese él. No hay nada que le diese más miedo en su vida que recibir algún día una invitación para la boda de Natalia. Nada en el mundo le sobrecogía tanto el corazón como saber que había desperdiciado su oportunidad de ser feliz junto a ella. Decenas, cientos, quizá miles de veces se dijo a si mismo que tendría que decírselo, pero decenas, cientos o quizá miles de veces se había convencido de que aquello sólo podría ser un tremendo error.

Siete y cinco. El constante caudal de personas que entraban y salían del centro comercial le hacía cuestionarse que tal vez hubiese sido mejor quedar en otro punto de la ciudad. Trató de apartarse más de la puerta de entrada mientras miraba a su izquierda y a su derecha. Nada. Natalia todavía no llegaba.

Y ahora estaba allí, un náufrago en un mar de personas, solo, como desde que la conoció, aguardando que algún día fuese ella la que se armase de valor y confesase un amor secreto por él. “No... Eso no pasaría nunca” pensó Diego.

Estaba tan absorto en sus pensamientos que ni se dio cuenta de que a su lado ya estaba ella, jadeando, como tras una larga carrera hacia la impuntualidad. Al ver que seguía con la mirada perdida en algún punto de un adoquín, Natalia le tocó el hombro.

  • “¿Cuánto llevas esperándome?” dijo ella mientras trataba de coger el aire que le faltaba.

Aquello le había pillado por sorpresa, se giró y la vio. Y sin pensar contestó. Y cuando no piensas a veces metes la pata... O no...

  • “Cuatro años, tres meses, cinco días y diez horas...”

Silencio. Natalia esbozó una sonrisa.

  • “¿Pero no habíamos quedado a las siete en punto?”
  • “¡Ah” Dijo Diego dándose cuenta de su error “Es que yo llevo esperándote desde que te conocí...”



    Texto: Dani (@Dani_RiveraRuiz)
    Foto: María (@Martresdelicias)

15 jul 2012

Si ella supiera que la quiero

Publicado por Dani Rivera

Ha pasado tanto tiempo y todavía recuerdo el primer día que la vi. Desde aquel momento me declaré fan de su sonrisa, desde aquel instante llevo colgado de sus palabras y todavía no sé cómo voy a bajarme de esta pared. Ha pasado tanto tiempo y todo sigue tan intacto. Todo, cada vez que la veo, es más, cada vez que la vislumbro en la lejanía, cada vez que quedamos y aguarda impaciente mi llegada, sigo sintiendo que dejo de ser yo para volver a ser aquel chaval inocente que se perdió en un cruce de miradas con la chica de sus sueños.

Ha pasado tanto tiempo y todo en ella ha cambiado. Dejó de ser una niña para convertirse en una mujer, dejó de tener su corazón abierto para tenerlo destrozado, una más de las que se enamora de aquel que no debió. Ha pasado tanto tiempo y sigo sintiendo los puñeteros nervios de una cita especial, de la cita con la que llevas meses esperando, justo desde que quedaste con ella por última vez. Ha pasado tanto tiempo...

Pero aprendí a vivir sin más aspiraciones que verla cada cuatro o cinco semanas, mientras me sonríe amparada por aquella cerveza que tanto ella como yo sabemos que no se acabará. No, porque mientras hablamos deja la compañía del liviano alcohol para encender un cigarrillo. Y entre calada y calada, historia e historia, se la olvidará y esa caña terminará semi acabada en la bandeja de un servicial camarero que no la ha tirado los tejos porque ha visto que estaba yo. Y mientras emprende el regreso a la barra, piensa que ojalá la vea algún sábado por la noche y no esté trabajando para que quizá surja algo. Y yo me quedo con las ganas de decirle que se ponga a la cola, que llevo más de un lustro gritándola en silencio que '¡Eh! Fíjate en mí' pero nunca se fija.

Y volvemos a la conversación. Bueno, en realidad sigue hablando ella, yo me perdí en la tercera palabra observando el movimiento sensual de sus labios. Y sonríe y deja de hablar mientras regresa al lado de su amigo el tabaco. Me cede cortésmente el turno de palabra y yo dejo mi mundo, que en realidad es el suyo, para contarla lo primero que se me pasa por la cabeza aguardando que termine la calada y continúe hablando de cómo se ligó a aquel chico que parecía imposible. Hace tiempo que preferí no escucharla. Imagino que no sabe lo mucho que duele escuchar las aventuras y desventuras de un romance como el que yo quiero tener con ella pero que nunca llega. Es más, lo daría todo porque respondiese con un breve '¡Sí!' a una sencilla pregunta que la formularía mientras su corazón y el mío comienzan a desbocarse. Pero nunca sucede.

Sí. Sé que soy la persona más afortunada del mundo por tenerla a mi lado. Y sí. También sé que soy el hombre más desdichado de la faz de la tierra que, aún sabiendo lo que quiere, no puede tenerlo y que, además, debe convivir con ello todos y cada uno de los días. Y ya van cinco años.

Si ella supiera que la quiero, si de una vez por todas me dejase de bobadas y me atreviese a confesárselo. Si después de tanto tiempo me tragase el orgullo para morder sus labios. Si derramase la cerveza al abalanzarse sobre mí tras susurrarla lo que siento, si dejase la compañía de ese cigarrillo que cree que la hace tan irresistible para estar conmigo, si abandonase a tipos como ese camarero que después de levantarnos de la mesa se quedó observándola como si fuera un póster de la última tia buena y semi desnuda de turno. Y si... Y si dejase de ser un cobarde quizá perdería lo único que tengo ahora. Y si fuese un valiente quizá ganaría lo único que no tengo ahora. Lo único que sé de todo esto es que la quiero. Y creo que es suficiente.

6 jun 2012

Te odio...

Publicado por Dani Rivera


Te odio porque no puedo dejar de mirarte. Sí, sé que aún no te has dado cuenta. Te odio porque tengo la certeza de que lo nuestro nunca podría funcionar. Te odio porque me encanta tu perfume, ese aroma que te envuelve y que te hace aún más irresistible. Te odio porque me imagino a tu lado dentro de unos años y de repente todo se esfuma. Y eso duele. Te odio porque Dios nos hizo tan iguales y a la vez tan distintos. Te odio porque todo en esta maldita vida me recuerda a ti.


Te odio porque aún guardo un montón de fotografías que ya no sirven de nada. Te odio porque para ti las noches no tienen fin. Te odio porque te pierdes entre las sábanas de otros. Desearía que fuesen las mías. Te odio porque te fuiste y dejaste prendida en mi corazón una llama que nunca se apaga. Creo que, por desgracia, jamás se apagará. Te odio por tu sonrisa imperecedera. Te odio porque me he dicho mil y una veces que ya te había olvidado y mil y una veces me mentí. Te odio porque buscamos cosas distintas y sin embargo yo aún espero encontrarte. Te odio porque al marcharte y cerrar la puerta dejaste el silencio que provoca tu ausencia. Te odio porque no logro encontrar un restaurador de corazones rotos. Y no he dejado de buscar. Te odio porque añoro tu locura infantil. Te odio porque hoy nos separan treinta centímetros. Te odio porque esa distancia nunca será cero. Te odio porque jamás llegará el día que espero desde que te conocí. Te odio porque desde que te conocí, te espero.

Te odio porque tu pintalabios rojo carmín aún espera que regreses. Y no es el único. Te odio porque cada vez que te veo trato de disimular que no siento nada. No sabes lo mucho que me cuesta. Te odio porque me conformé con amistad y ahora deseo amor. Te odio porque me cuesta pensar en alguien que no seas tú. Te odio porque sé que en alguna de tus aventuras encontrarás a quien andas buscando. Y no seré yo. Te odio porque llegará el día en el que reciba una invitación de boda. Y será tuya. Te odio porque nunca conoceré a nadie como tú. Te odio porque sé que nunca me escribirías algo así. Te odio porque parece que hay miles de chicas y te odio porque únicamente hay una.

Te odio porque en realidad me odio a mí mismo. Te odio porque nunca me he atrevido a decirte 'Te amo'. Te odio porque me encantas. Te odio porque te quiero.


Texto: Dani@Dani_RiveraRuiz

5 jun 2012

La carta que nunca leíste

Publicado por Dani Rivera

Ahora que te has ido, te dejaste olvidado en mi habitación el silencio. Aquel silencio que me interroga, preguntándome qué hice mal, la misma ausencia de ruido que me recuerda todo lo que no hice aquella noche de junio. Tu última mirada descafeinada, sin rastro de amor, me hizo darme cuenta de que ese final era para siempre.

Y tumbado sobre la cama donde pasamos de ser tú y yo a ser nosotros, dejo que la aguja del reloj orqueste mi tiempo, enfrente de esa caja en la que guardé todo aquello que me recordaba a ti. Tu pintalabios abandonado en mi cuarto de baño, aquel disco de Joaquín Sabina o la camiseta que te solía prestar.

Pero en aquella caja hay algo que nunca fue tuyo y que, sin embargo, me recuerda a ti. La carta que nunca leíste con el Te quiero que nunca escribí. Y que nunca te dije. 

"El error que más duele, con el tiempo, no es el que se cometió, sino aquel que no se quiso cometer" D.R.

Texto: @Dani_RiveraRuiz
Foto: @Ewinor