Mostrando entradas con la etiqueta Anais. Mostrar todas las entradas

9 oct 2013

La última vez

Publicado por Alberto


Un impulso nos llevó a ella. La última vez fue igual que todas las anteriores porque ni tú ni yo sabíamos que no habría ya más, que era la postrera. Con más piel expuesta al aire a cada empuje, nos retorcíamos, tú conmigo y viceversa. Buscaste (y encontraste) todos mis lunares, y yo me zambullí más allá de tu ombligo.
¿Besos? No pude darte más, chica, y ninguno de tus poros puede afirmar que se libró de ellos. El sonido mágico que una lengua es capaz de hacer retumbará para siempre en mis oídos. Las caricias mutuas proliferaban, esparciéndose por toda nuestra piel. Recorrí hasta el más recóndito de tus rincones, mientras me rogabas que acelerase hasta que rebasé todos los límites, hasta que el cabecero se volvió trémulo. La última vez compartimos, exhaustos y pegados el uno al otro, un Chester, como habíamos hecho desde la primera.
Después, sin previo aviso, silencios. Tarascadas. Tensión. Gritos. Es tu culpa. No, la tuya. No te aguanto. Pues vete. Me voy. La última vez terminó con un portazo, seguido de días enteros de lágrimas. Aguanté un mes ojeroso en la tierra boreal a la que por ti fui, solo en aquella buhardilla más gris cada mañana. Un refugio que se convirtió en confusa prisión difusa, bosque de recuerdos perdidos. Y aquí volví, donde el mar no se puede concebir. Nada mejoró.
La verdad es que ahora mismo, mientras recuerdo todo esto, me tiemblan un poco las rodillas, aquí de pie, encima de la blanca baranda de piedra. Mis gemelos parecen fallar a cada momento. El aire fresco, filtrado por las hojas de cien árboles, sube desde el río allá calle abajo y se estampa contra mi cara. Pero amenaza con frustrar mis intenciones y empujarme de espaldas hacia la acera o la calzada. A esta hora de la madrugada el puente no tiene tráfico. La calle que lo cruza perpendicular por debajo, muy por debajo, tampoco. Hay que evitar malas consecuencias a inocentes. Llevo ya tiempo subido y estoy ya cansado, no arranco, pero he decidido hacerlo.
Flexiono un poco las piernas, para coger impulso.

Texto: Alberto (@AlbertoCdP)
Imagen: Anais (@Destroyer8)

4 sept 2013

Llamada perdida

Publicado por Alberto


Una raída canción ochentera. Una melodía pretérita que vivió tiempos mejores. Una vieja gloria inconsciente, hasta ahora, de su propio crepúsculo. ¡Cómo ibas a prestar atención a alguien como yo!
Perpetua soledad.
Por mucho tiempo seguiste obviándome, dándome por supuesto. Día tras día pasabas ante mí levitando, mirabas sin ver. Yo, un idiota entre un millón, insistí en esperar no sé muy bien qué, pero sin adjudicarte el extravío.
Ensueños en sueños.
Mil y una noches te habías aparecido en mis juegos de muñeca, con tus piernas asfixiando mi cintura, entre idas y venidas constantes, amortiguadas por tu espalda, clavada en los azulejos. Las manos, colgadas de mi cuello, con fuerza suficiente para que tus dedos paseasen por mis últimas vértebras. Tus palabras susurrantes viéndose ahogadas, mutiladas, por fuertes respiraciones carnales, de esas que cercenan los ambientes más abrasadores, de esas que resuenan con un eco eterno en las cavernas del tímpano, incapaz del olvido.
Desencanto.
Sólo éramos uno en mis fantasías noctámbulas. Aquella unión nuestra parecía que jamás abandonaría el campo de la ficción, a pesar de repetirse sin descanso, madrugada tras madrugada. Más de una vez había creído que en ti había creado algún interés. Más lejos de la realidad nada había. Más alta había sido siempre la caída.
Hasta ese día.
Sigue martirizando mi ser la razón por la que decidiste prestarme un ápice de atención. ¿Por qué? Sin más empezaste a hablar conmigo. Los escasos balbuceos que recuerdo pronunciar debieron ser realmente convincentes aquella ya inolvidable tarde de jueves, porque me concediste el regalo de papel que tengo entre el índice y el corazón. Nueve cifras comandadas por un hermoso seis y coronadas por la preciosa grafía manuscrita de tu nombre.
Nunca me atreví.
Ese jueves queda ya muy atrás: se atoró allá, en la frontera entre el gris y el verde. Durante días, durante semanas, tuve la tarjeta caracoleando arriba y abajo entre mis dedos sin atreverme a teclear la secuencia que me llevaría a tu voz, sin saber qué palabras podría pronunciar para no estropear mi oportunidad, pero tanto lo pospuse todo que se acabó descarriando, evaporada. El miedo paralizó mi capacidad de llevar a cabo lo que realmente deseaba hacer, privándome de una ocasión que sé que no me será devuelta. Errores ha habido muchos en mi ya no corta existencia, pero ese es uno de los que más me persiguen.
El retorno.
Ahora que el ocre asoma, aquella dádiva de tu puño y letra hace lo propio, cuando ya casi había desaparecido de mi recuerdo. Ahora que es demasiado tarde. Ahora que no hay nada por hacer más que arrojarla al fuego de lo absoluto imposible. Ahora, por desgracia, allí yacerás perdida para siempre, convertida en cenizas, acompañando a demasiadas oportunidades.
Se acabó.

Imagen: Anais (@Destroyer8)

6 jun 2013

Me haces creer

Publicado por Alberto


Te necesito, pequeña, y no lo sabes. Tú, que vives en un rincón donde nunca he estado. Tú, que naciste en otro rincón que nunca visité. Tú, que tienes esos ojillos que no dejan de repetírseme en la memoria. No lo sabes.

Quiero que tu rostro se enfrente al mío, pero en una lucha que tiene que ser uno de esos combates que terminan con los ojos cerrados, las lenguas entrelazadas y esos increíbles silencios de pausa, cómplices y encendidos a un tiempo. 

¿Cómo es posible que tan pronto consiguieras desarbolarme? Nadie había tenido antes esa capacidad para hacerlo, para hacerme creer. Creer en esto, sea lo que sea, que me carcome por dentro. Creer en un imposible más real cada vez. Creer en ti y en mí como si nada pudiera separarnos.

Eres lo único que veo madrugada tras madrugada, dormido o despierto, cuerdo o desnortado. No me reconozco. Has llegado hasta la fuente de mi ser y la has tomado toda para ti sin que sea capaz de sacarte de allí. He intentado leer para dejar a un lado las ganas de tenerte, pero lo único que he conseguido ha sido ojear y hojear palabras, párrafos y páginas sin ton ni son, mirando sin ver. He hecho deporte, me he ocupado del ocio y del negocio. Nada importa nada. Al final, reapareces desde las entrañas de mi subconsciente una y otra vez. Veo tu mirada, escucho tu voz, y desde la distancia, involuntariamente me haces sonreír.

No sé qué hacer. Para bien o para mal, nos conocimos de casualidad, pues te acercaste a mí sin saber siquiera de mi existencia, sin saber si yo era yo. Toda la vida buscando y rebuscando en esta ciudad polvorienta y resulta que lo que tenía que hacer era mirar más alto, y dejar que el fresco aire del mar me invadiera.

¿Y ahora qué? Mi sentido común, dominante, ha colocado fuertes argollas a mi recesivo corazón, logro que consigue demasiado a menudo. Ni avanzo ni retrocedo. Dos caminos se inician en este punto de mi historia: por un lado, el sencillo, el que siempre he usado, que lleva directo a la huida. Por otro, la senda más compleja, la que nunca tomo, la que me conduce a ti como un tren a toda velocidad, que no sabe si va a alcanzar su destino con vigor o si se encamina al enésimo accidente por descarrilamiento.

Me imagino llegando a tu estación y te imagino en el andén, esperándome, recoleta, sonriente. Seré el cobarde de siempre o el valiente de nunca. ¿Me dejaré llevar por el viejo caballo de hierro hasta ti o me quedaré, apocado, inmóvi, bajo esta marquesina de acero tan protectora que terminará por asfixiarme? Aún no lo sé, pero quiero que esta partida frente a mis miedos la ganes tú.

Texto: Alberto (@AlbertoCdP)
Imagen: Anais (@destroyer8)

10 mar 2013

El Otro para el Otro

Publicado por Alberto


No sé qué hacer. Es la primera vez que me hallo en esta situación. Espero que sea la última. Nunca he sido el Otro de nadie. Tampoco he tenido una Otra jamás. Por eso, todo esta situación es aún más injusta si cabe. No lo merezco.

No sé tu nombre, chico, pero sé que eres el Otro. Quizá lo mejor para los dos es que no lo sepa, aunque supongo que el mío a ti no te es desconocido. Seguro que Ella te lo dijo, fuese cual fuese el momento en el que os conocisteis, qué sé yo cuándo. Qué sé yo dónde. Qué sé yo por qué. El caso es que para ti soy el Otro, soy el Otro para el Otro.

Aunque para mí seas una figura anónima, carente de rostro, sé de tu existencia. Qué más da cómo haya ocurrido. El caso es que sé que existes, que hay un Otro rodeado de tinieblas que también la envuelven a Ella. Que Ella ya no es sólo mía. Ni siquiera en parte.

Tranquilo, Ella no me ha dicho nada. No sospecha nada de lo que sé. O mejor dicho, de lo que finjo no saber. Nunca la he tratado mejor, nunca he sonreído más hacia ella que desde que sé que la perdí. No la reconquistaré, no volveré a asediarla durante meses hasta que caiga en mi poder. Sólo me retiraré solo alguna vez a llorar.

Pensarás que soy un pánfilo, un botarate, que no tengo sangre por haber decidido seguir aquí, a su lado, sabiendo lo que sé. Puede ser. ¿Estoy herido? No puedes hacerte una idea de hasta qué punto. ¿Y mi honor? Hace tiempo que desapareció. Se lo llevó Ella el mismo día que la tomé.

Y no obstante, aquí estoy, terco como un mulo, al pie del cañón. Es que, verás, no concibo mi vida sin Ella. Sí, no he sido yo quien ha consumado una traición. No he sido yo quien ha dinamitado lo que habíamos construido. No he sido yo, en fin, el malo de la película, el forajido de esta historia, sino la simple y única víctima de un robo a mano armada. Lo sé, pero el abismo que se abriría sería tan grande, tan aterrador, que prefiero ser un cobarde estafado y humillado por una actriz de poca monta antes que tener que enfrentarme a mi soledad de nuevo. No me atrevo a cruzar la catarata bajo la que me refugio para descubrir lo que se esconde al otro lado del constante devenir del agua. La corriente me separa y me protege de aquello que se oculta tras su manto. Las piernas se convierten en mantequilla solamente con que se me pase por la imaginación atreverme a despedazar lo que éramos, lo que a vista de todos, excepto para mí, seguimos siendo.

Pero, ¡qué te importará a ti todo esto, si tú eres el Otro, y yo, el Otro para el Otro!

-Texto: Alberto. (@AlbertoCdP)
-Imagen: Anais. (@Destroyer8)

7 mar 2013

El amor de mi vida

Publicado por Dani Rivera


De pequeño siempre quise ser mayor para encontrar al amor de mi vida. Llegó un punto en el que me cansé de bodas en el recreo, de inocentes besos furtivos en la oscuridad de un callejón sin salida y de anillos de compromiso a base de ramas torcidas que te comprometían hasta el recreo siguiente. Así que me cansé. Me cansé de casarme.

Desde entonces esperé. Nadie me ha enseñado nunca a esperar, así que esperé como quien espera el bus de la línea once, sentado en una marquesina imaginaria a que ella pasase por delante y a mí se me encendiese la bombilla y dijese “Es esa” y que para esa 'esa' yo también fuese su 'ese'. Mal. Fatal. Corres el riesgo de tirarte toda la vida esperando un autobús que nunca salió de su origen, de hecho, corres el riesgo de coger el primer autobús que pase aunque no te lleve a tu destino.

Pero esperando aprendí a esperar. En realidad, toda la vida es una espera, tú decides si amena o aburrida. Así que comencé a pensar en cómo sería ella, al menos así tendría más pistas de la susodicha. Me hice mayor buscando y cuando menos buscaba la encontré.

¿Qué curioso, verdad? Llevas toda tu vida esperando y cuando aparece no caes en la cuenta de que es ella. A mí me pasó justamente lo contrario, desde el momento en que me saludó supe que ella sería 'esa'. Por desgracia, la señorita 'esa' tenía novio.

Pasé los años siguientes siendo el maniquí desesperado que se afana en llamar la atención aun cuando ella no tenía ojos para el escaparate. Nada.

De pequeño siempre quise ser mayor para encontrar al amor de mi vida. Pero el amor de mi vida tenía al amor de su vida.

Nunca se dio cuenta. Jamás comprendió que yo me moría por ser su café del viernes por la tarde, su '¿qué tal te ha ido hoy?' cuando llegase del trabajo o su 'tranquila, todo va a salir bien' cuando ella necesitase justamente esa frase para que todo saliera bien. Siempre quise ser su segunda pajita en un batido de vainilla, aunque odiase la vainilla, ese cruce de miradas en silencio que grita tantas cosas o su perchero para bolsas cada vez que saliese de compras. Aunque yo detestase salir de compras. Quería que aquellos ojos me mirasen como imagino que los míos la mirarían, que su sonrisa fuese perpetua porque ya me encargaría yo de que jamás se apagase, me encantaría que en ese roce de nuestras manos supiésemos ambos que aquella disputa acabaría entre las sábanas. Todo en condicional, la forma verbal más triste que existe.

Quizá fue ella la ciega. Quizá fui yo el mudo. De pequeño siempre quise ser mayor para encontrar al amor de mi vida. De mayor nunca me atreví a decirla 'Te quiero' por temor a que yo no fuese el suyo.

Texto: Daniel Rivera (@Dani_RiveraRuiz)
Imagen: Anais (@Destroyer8)

4 mar 2013

Veintiún gramos aullados

Publicado por pucelano13



Quizá ya te hayas olvidado de cuando estas letras eran para ti. De cuando, de mis sonrisas, tú eras el brillo. Quizá Cronos haya apagado el rescoldo que, según decías, quedaba tras todo fuego. Quizá, como dijo el antipoeta, poesía ya no eres tú.

Te has ganado el cielo y el infierno a partes iguales. Por merecer, hasta el limbo debería ser tuyo. Tan tuyo como antes lo eran mis palabras; que ahora sólo son mías y del viento que las mece. De ese mismo aire que arrulló mi grito enajenado proclamándote estirpe de meretriz. También son, aunque menos, de esas cuerdas vocales que miccionaron un postrer te quiero... seguido de un adverbio de lugar. Y te puedo jurar que no era "aquí". Estos términos ya son sólo de mi alma, que de tanto dolor, es feliz.

He dejado bragas mojadas, miradas perdidas, mejillas encendidas... Más tarde, rubores ofuscados, sonrisas apagadas; caricias abortadas, números que ya han perdido valor. Sólo por ti. Y te ha dado igual. Y, ¡cierto es!, la vida ya no es tan bella desde que no te despierto con un ¡buenos días, princesa! pero, cuando rompiste mi corazón, rasgaste también mi afonía. Despertaste mi pecado; apagaste mi pasado, y enturbiaste mi futuro. Dejaste aguas bravas. Y si es ganancia de pescadores, tiraré el laúd y soltaré la caña. Porque no seré yo quien arriesgue de nuevo la vida en un río hostil... cuando ya no estás ni en la otra orilla. ¿Qué digo? No has llegado a estar nunca. Mentías.

¡Eh! ¡Una última cosa! Dale las gracias por intentarlo. Perdóname por conseguirlo. Preocúpate por olvidarlo. No es que no te hagan sentir princesa, preciosa, es que la corona siempre la sujeté yo. En las letras nos veremos; a mis letras me remito: esta prosa la ganaste el día que olvidaste aquellos versos. Esta palmadita te llega por haberme soltado la mano.

Texto: Albi (@albivioleta)
Imagen: Anais (@Destroyer8)

4 feb 2013

La última casa de la ciudad

Publicado por Alberto


Cerca de cinco kilómetros. Alrededor de veinte paradas. El 21 era el autobús que a ti me llevaba. Su recorrido era el más largo de todos, que a mí se me hacía más extenso debido a la invasión de deseos de verte y de llegar a tu refugio que sufría. Parecía que aquel trasto nunca avanzaba, copón. El sonriente conductor del turno de los viernes a las seis de la tarde ya me conocía. Ese día, a esa hora, comenzaba el camino hacia aquello que hacía que el vagar de cada semana mereciera la pena.
Sin falta durante meses, cruzaba con ganas la ancha plaza de la Universidad, porque allí empezaba la travesía. Raro era que no hubiese un autobús ruidoso esperando a que incautos como yo lo tomáramos. La parada estaba justo delante de la Facultad de Derecho, donde estudiaba Carlos. ¿Te acuerdas de él? Sí, ese que se fue a vivir a París.
El pesado vehículo, después de cruzar varias calles, llegaba (y sigue llegando) a la placita donde empezaba la calle Mayor. Óscar vivía en el 9 o el 10 de esa calle… o en los dos a la vez en algún momento… Aún tiene que explicarme esa historia, porque aquella chica lo cambió para siempre, y para bien.
A partir de ahí una sucesión de cruces y rotondas que parecían no tener fin. Ese viejo cacharro me unía a mis dos mejores amigos y a ti, mi vida, pues tú vivías en la última casa de la última calle de un trayecto en el que el pulso vital de la capital cogía forma ante mis ojos. Tu guarida, ya rodeada de árboles, era una de las construcciones finales de la ciudad. Tu sonrisa esperándome era el trofeo final al suplicio que implicaba el recorrido, mientras te soñaba durante la veintena de detenciones.
Cruzar aquella oxidada verja delantera era lo más parecido a estar ante las puertas que san Pedro custodia, pues al otro lado, lo único que cabía era el placer de vivir y de amar. A nadie mejor que a ti he conocido entre las sábanas. Sería capaz de cartografiarte palmo a palmo, pues visité todos tus parajes, muchas veces sin percatarnos de que ya había amanecido. Como si fuésemos vampiros, nada importaba más allá de las cuatro esquinas de tu lecho paradisíaco mientras las estrellas fuesen testigos de nuestros actos. No dejo de recordar una y otra vez las veredas que recorrí para perderme entre tus encantos de todas las formas posibles. Con el tiempo me di cuenta que la fuente de mi felicidad eran tus abrazos, tus besos, tus caricias, el dulce timbre de tu voz. Tú.
El sábado, a las siete y media, después de una despedida a la vez ardiente y precipitada, mi existencia volvía a desplazarse en un traqueteante autobús a manos de un conductor más bien malhumorado. Tan sólo diez minutos después regresaría tu padre de su guardia en el hospital. Él no lo sabe, pero el chaval a medio vestir con el que se ha cruzado en la acera más de una mañana sabatina acababa de salir de su (tu) hogar.
Hoy es viernes. Dentro de poco el reloj del ayuntamiento va a dar las seis. El viejo 21 estará allí. Y la plaza de la Universidad. Y la calle Mayor. Y el conductor risueño. Y el malhumorado. Y las veinte paradas. Y la verja de tu casa. Y tus blancas sábanas. Y la cama donde nos inundamos de besos y caricias. Y la estrecha acera donde más de una vez cedí el paso a tu progenitor.
Pero tu sonrisa, tu irrepetible sonrisa, esa que me llenaba de luz y de vida, y tu cuerpo, ese conjunto sedoso que neutralizaba mi sentido común, no estarán. Se fueron cuando aquel descerebrado decidió acelerar ante el disco bermellón y dejarme a mí sin ti, a mí sin nada.

Texto: Alberto (@AlbertoCdP)
Imagen: Anais (@Destroyer8)

26 dic 2012

Donde el viento me llevará

Publicado por Alberto


Mi mundo será un lugar mejor a tu lado, pues tú, mi señora, me protegerás de él, salvándome cada día de las aguas. El viento me llevará hasta ti, acabando con la deriva que guía mi velero. El viento hará que arribe a tu isla de azahar y vid. El viento no es nada comparado con el ciclón que serás para mí, atrayéndome sin que tuviera posibilidad de escapar. El viento me hará encontrar un tesoro, escondido en una isla perdida en mitad de este océano oscuro, revoltoso, hiriente.
Quizá me convierta en un inocente, un soñador, o un desequilibrado, pero sin ti, amor, temo naufragar en mitad de una de mis tormentas internas.
Los cuatro dioses del viento me atenazan sin excepción ni compasión, pero sé que sin ellos jamás seré capaz de encontrarte. Céfiro, Bóreas, Euro, Noto. Son implacables por igual. Ajustaré el velamen todo lo necesario. Lo que importa es llegar donde estés.
Busco refugio y alimento para mi corazón. No te merezco, lo sé, pero sé que tendrás a bien acogerme en pleno desnorte y no hay botín en el mundo que pueda compensar eso.
No quiero sumergirme en más remolinos ni verme envuelto en nuevas tempestades. Quiero quedarme contigo, que seas mi nación. Seré un patriota de tu corazón. No apareces en ningún mapa, pero sé que existes. Tienes que existir. Llegaré hasta ti, lo prometo. Prefiero perecer azotado por el oleaje y las ráfagas de aire antes que reprocharme toda mi vida haberme quedado en tierra, sólo soñándote solo.
Resiste, aguanta, vida mía. Yo juro hacerlo. Espérame, te lo suplico. Pronto me salvarás. ¿Dónde? Donde el viento me llevará.

-Imagen: Anais (@Destroyer8)
-Texto: Alberto (@AlbertoCdP)

13 dic 2012

Compañera de Viaje

Publicado por Alberto


El tren avanza todo lo rápido que puede, mientras el sol anaranjado del final del verano va cayendo a la derecha del convoy. La capital provincial quedó atrás hace unos minutos, y aún faltan algunos más para pasar bajo la enorme marquesina metálica de la siguiente estación, donde los viajeros se cobijan a la sombra de un castillo, junto a la villa ferial. 
El eterno horizonte castellano, ya pardo, es todo lo que puedo ver por la ventana al son del traqueteo. Entre poste y poste se suceden pueblos, ermitas y campos de girasol. Si muevo la vista, apareces tú, con el rostro iluminado por la luz crepuscular, parapetada tras las gruesas pastas del clásico que estás leyendo estos días. Esos ojos marrones que se intuyen por encima del pesado ejemplar siguen volviéndome loco como el primer día. Los sigo mientras ellos hacen lo mismo con las líneas de Clarín. Mi diestra y tu zurda están extendidas y apoyadas junto al cristal de la ventana. Las puntas de nuestros dedos se rozan y entrelazan en una danza que parece no tener fin.  
Se supone que este tren va a Madrid, pero en realidad se encamina más allá, al Futuro, a nuestro futuro, ya que allí tomaremos un vuelo a nuestra nueva vida. Porque el Destino quiso que nos conociésemos en nuestros años en la Facultad de Derecho (no hace tantos, por cierto), no podemos contradecirlo ahora, que ese mismo Destino nos lleva a la ciudad que bien vale una misa, alejándonos de la miseria y el desánimo, pero también de la familia y los amigos. Aún quedan muchas horas para que la travesía termine del todo, pero estoy deseando llegar junto a ti a nuestro nuevo refugio franco para abrazarte, llenarte de besos y sentirte tan cerca de mí que pueda ver cómo se dilatan tus pupilas mientras tú me proteges. 
Desde el primer beso te he amado, pero cuando me dijiste que sí, que vendrías conmigo, que seguiríamos juntos en este viaje que es la Vida, que te sacrificarías por mí sin hablar una palabra de la lengua de Baudelaire mientras yo me dedico a lo realmente deseo, no es solo amor lo que siento. Ahora, además, te quiero, te adoro, te admiro, te envidio, me avergüenzo de mí mismo en realidad. Dejas todo atrás por alguien tan insignificante como yo. Alguien tan anodino que no merece tu sonrisa. Alguien tan mediocre que es mejor persona cada día gracias a ti. Alguien tan blando que tiene un miedo inmenso a fallarte. Alguien, en fin, tan cobarde que sólo se atrevió a dirigirte la palabra después de tres meses compartiendo aula, y  sólo porque algo de ron intervino. 
Has parado de leer y has dejado a Vetusta, a Ana, a Fermín de Pas, a Álvaro Mesía, a todos, sobre el asiento. El sol está a punto de ocultarse por completo y el tren se detiene en la ciudad que vio morir a la mujer del rey aragonés, princesa y reina como tú. Fijas tu mirada almendrada sobre mí: 

-¿En qué piensas, Carlos?

Sonrío y desvío mi vista hacia la penumbra exterior, para eludir un contacto visual que sé que me terminaría desmoronando. 


-¿Yo? En nada, ya sabes cómo somos los tíos.


-Texto: Alberto (@AlbertoCdP)
-Imagen: Anais (@Destroyer8)

30 oct 2012

Calle Mayor, 9

Publicado por Alberto


De todas las calles de la ciudad, elegiste la calle Mayor. De todas las casas de esa calle, elegiste la que tenía un nueve en la ajada viga que hacía las veces de dintel. Esa decisión nos llevó a la situación en la que estamos ahora, esta noche de enero.
Yo me había instalado en el número diez de la calle, la más antigua de la ciudad, hacía exactamente un año, cuando llegué hasta aquí huyendo del asfixiante ambiente de mi aldea. Me acogía una casita minúscula, muy estrecha, que ahora veo a través de tu ventana, desde donde intuyo mi cuarto. Al otro lado de la empedrada vía peatonal llegaste tú; tu existencia crecía en una construcción más generosa, pero muy anticuada, que parecía que en cualquier momento podía sepultarte bajo un monte de piedra y madera.
Lo reconozco, no reparé en ti en inicio, aunque el azar horario de la facultad hiciese que nuestras sendas se cruzasen, sin impactar, día tras día durante semanas, como luego me recordaste. El trayecto en autobús, que compartíamos a diario, tampoco sirvió para acortar la distancia que había entre nosotros.
No había desdén en mi actitud, lo juro. Sencillamente, no te percibí del modo especial que ahora sé que tú merecías. Eras un rostro más entre los centenares que cada día veía.  Ahora sé que esa falta de interés no era correspondida. Tú te habías fijado en mí, lo que nunca antes había hecho nadie. Una tarde, en un frío pasillo académico, pronunciaste un tímido y tartamudeado “hola” que me hizo descubrir una cálida voz reconfortante, y al que yo, sorprendido, respondí casi sin tiempo para pensar, estrujándome hasta que descubrí de qué te conocía.
Aquel otoño estaba siendo inusualmente cálido, así que cuando el tiempo cambió, la primera lluvia te pilló de sorpresa. El mismo día en el que nuestro silencio se vio quebrado, de regreso a casa, bajé del autobús y ahí estabas, calada, temblando mientras te refugiabas como podías bajo la marquesina, buscando con esos ojos grandes y extraños (¿grises?) una escampa que nunca llegaba. Sin preguntarte, me dijiste que vivías en la calle Mayor, número 9, así que te ofrecí mi paraguas y accediste, un poco ruborizada ahora que lo recuerdo, a acompañarme.
La caminata, no demasiado larga, estuvo dominada por un silencio solo roto por nuestras pisadas sobre los charcos y el repiqueteo sobre la tela del paraguas. Llegamos al número nueve. Me miraste y mis mejillas se toparon por dos veces con tus mágicos labios. Un quebrado “gracias” y un instantáneo abrir y cerrar de tu oscura puerta de madera acabaron con el paseo.
Sinceramente, no sé qué descarga se produjo en mi cuerpo para dejarme así de catatónico. Tras unos segundos con los pies clavados en el pavimento ante tu puerta, crucé la calle y entré en casa. Me tiré en la cama y mi cuerpo reaccionó a nuestro levísimo contacto, lo reconozco. Miré por la ventana hacia tu morada. Te intuí entre mis cortinajes y los tuyos y di rienda suelta a lo que sentía en ese momento, recordando los rizos negros que acababa de descubrir, las curvas que tan solo había intuido.
Aquella noche y la mañana que la siguió fueron interminables, imaginándote. No nos cruzamos esa jornada. Por la tarde, decidí echarme a dormir, aunque apenas lo conseguí. Poseíste mi conciencia. Al cabo de unas improductivas horas, ya de noche, dejé atrás las sábanas y comencé a desnudarme para darme una ducha. De golpe, no sé por qué, me sentí escudriñado. Giré la cabeza hacia la ventana, y allá, a no más de diez metros de distancia, te vi durante un segundo antes de desaparecer, tras un estremecimiento fugaz de tu estor. Me habías observado, como yo había hecho contigo el día anterior; decidí no confesarte ese descubrimiento. En ese momento, fui del todo consciente de la realidad. Alguien se había percatado de mi existencia. Y no cualquier persona. Eras tú. No daba crédito, después de tantos años de soledad forzada.
Lloviera o no, decidiste esperarme en la parada del autobús el tiempo que fuese necesario. Siempre íbamos juntos hasta el lugar donde se enfrentaban los números nueve y diez de la calle, donde mejillas y labios se encontraban. La conversación era banal, pero muy limpia, muy suave. Las semanas fueron transcurriendo y un día, decidiste que tus dedos rodeasen los míos. No pude negarme.
Pronto me di cuenta de que por mucho que hiciese trabajar a la chimenea, no había calidez en mi morada. Que por muy estrecho que fuera mi catre, cada noche era inmenso en mi soledad. Que por mucha gente que acudiese a mi casa, nadie me abrazaba al ponerse el sol. Pero no daba el paso para decirte que la pieza que faltaba en el rompecabezas de mi vida eras tú.
Una mañana de principios de año empezó a nevar suavemente mientras tú y yo estábamos en diferentes estancias universitarias. Saliste antes que yo, como siempre, pero la nieve hizo que tu autobús llegase con el retraso suficiente como para que yo también pudiera tomarlo. Me recibiste con una sonrisa que yo ya encontraba extremadamente hermosa. El conductor avanzaba lento, cauto, y nuestra conversación pudo ser más larga de lo habitual.
Descendimos en nuestra parada, en la placita que daba paso a nuestra calle Mayor. Hoy en día parece que los coches cuentan más que las personas, así que, al ser peatonal la vía, nadie se había preocupado de quitar el denso manto blanco que la cubría.
Mis enguantados dedos tomaron los tuyos mientras mi paraguas iba tornándose más y más blanquecino. Llegamos al número nueve y tú decidiste cambiar el guión. Decidiste sacarme de mi ostracismo. Decidiste que nuestros labios estuviesen en contacto para después hacer que nuestras lenguas de fuego se tornasen una llamarada única de una fuerza que nunca antes había sentido. Separamos nuestros rostros. Tu mirada y la mía se unieron. Ambos esbozamos esa sonrisa, única, que nace en el interregno que hay entre dos besos. El frío colaboraba para que nuestra respiración sonase más fuerte. Ni siquiera oía nevar. Nos besamos de nuevo. Una y otra vez, hasta que tomaste mi mano con fuerza y me hiciste pasar bajo ese negro 9 pintado sobre la madera. Subimos a trompicones unos escalones de los que no me di ni cuenta.
Yo nunca antes había hecho lo que íbamos a hacer, lo que ya estábamos haciendo. Te lo confesé avergonzado y una sonrisa de chica traviesa fue tu respuesta. “No te preocupes, seré tu guía”, dijiste. Siempre había sido yo quien te había guarecido, protegido y guiado, y de repente cambiaron las tornas. Tú eras la que estaba al mando, orientándome en el mapa de tu cuerpo.
A medida que aumentaba nuestra desnudez, disminuía mi cobardía. Mientras tú llegabas hasta el último de mis recovecos, yo recorrí todos y cada uno de tus senderos hasta que fui el amo de tu castillo. Después del estallido final, en el que el cosmos se estremeció, no pude sino tejer un manto de besos que te cubrió por completo.
Exhaustos, caímos rendidos al sueño que nos invadió y dormimos, al fin, abrazados mientras el cielo se llenaba de lunares plateados. Muy juntos, por muy grandes que fuesen las sábanas que nos envolvían. Sintiendo calor sin necesidad de leña.
Yo me he despertado primero. Te contemplo mientras duermes con la cabeza sobre mi pecho. Sonrío mientras pienso que mi destino, y el tuyo, cambiaron un día de enero. Y ese día es hoy.

Imagen: Anais @Destroyer8

22 oct 2012

Acorazado descorazonado

Publicado por Destroyer



París es la Ciudad de la Luz. París regala paseos por los Campos Elíseos, cogidos de la mano. París acoge besos en un barco que recorre el Sena. París, en sus cientos de guaridas, aloja infinitos actos de amor con la Torre Eiffel como testigo. París, en fin, iba a ser la sede de nuestra intimidad, aunque sólo fuese durante unos días.

Pero tú dijiste “no”. Nuestra partida estaba decidida y, cuando menos lo podía esperar, en tu interior habías descubierto que el amor que yo te profesaba no era correspondido, que yo era solamente tuyo pero a la vez a ti te compartía, sin saberlo, con alguien cuyo mayor mérito era conducir más aprisa o ejercitarse en el gimnasio. Supongo que aquel viaje habría superado tu capacidad de disimulo, y ni siquiera alguien de esa catadura habría podido aguantar. O sí.

Porque ya no sé que creer. Siempre me he considerado una persona inteligente, despierta, pero tú me has demostrado mi error. Tu embuste ha demolido de forma inmediata otro que yo mantenía conmigo mismo. Porque en realidad soy un iluso, al que cualquiera embauca. Fuiste la primera a quien concedí la llave que abría la coraza de mi corazón, con la cual me protegí durante años, probablemente demasiados. Sospecho que ya habrás decidido subastarla al mejor postor a cambio de treinta monedas de plata, desguazando este antiguo acorazado, para que ahora no sea más que un descorazonado con el alma lacerada.

Hacía tiempo que groseramente maltratabas mi fidelidad, aunque durante meses no habías tenido el coraje para que aquello saliese de tus labios, que yo creía solamente míos. Cuando la infamia llegó a mis oídos, la realidad estalló, dejando mi existencia reducida a una mera pila de cristales rotos. Así volvieron mis inseguridades, mis miedos, que atropellaron a mis ilusiones, mis anhelos. Tú elegiste. Yo perdí.

Por eso tú ahora estás con ese ignorante musculado, patán, iletrado y pendenciero, en una populachera y ruidosa playa, donde el culto al cuerpo y el ocio carente de poso campan sin cortapisa alguna, donde mañana no recordarás lo que has hecho hoy, donde la levedad del ser parece menos insoportable, aunque sea mayor. Donde la Vida, en fin, sólo es vida.

Por eso yo ahora estoy solo, con la vista brumosa por las lágrimas, mientras el eléctrico haz blanco de la pantalla ilumina mi rostro aciago y se proyecta dentro de las oscuras profundidades de mi cuarto, mostrando al tiempo preciosas imágenes, que ahora se vuelven hirientes, de una ciudad que ya jamás será nuestra.

Texto: @AlbertoCdP
Fotografia:@Destroyer8